El Arte del Urbanismo

Un recorrido por la historia de las ciudades

Categoría: Urbanistas

Niemeyer, el humanista soñador

035 Niemeyer

Desde hace algo menos de una semana, el mundo de la Cultura está de luto. Oscar Niemeyer era, para muchos, el gran maestro de la Arquitectura Moderna. Para otros, un loco soñador que llenaba de curvas la nada. Pero lo que es innegable es que esta gran fuerza de la naturaleza a nadie dejaba indiferente. Sencillo y austero en su vida privada era, como todo gran Artista con mayúsculas, excesivo en su obra.

Gran lector de la literatura de Sartre, ella le reveló que la arquitectura debía tener un gran impacto social y ayudar con ello a construir una sociedad más justa. Esta idea enraizaba en su ideal político comunista y en su modelo de libertad, que lo llevaba al extremo de afirmar que la recta era sinónimo de subordinación, trabajando por ello con líneas curvas que serían por siempre su marca personal.

Urbanista como pocos ha habido, proyectó junto con su maestro Lucio Costa, por encargo de Kubitschek, presidente de Brasil, la ciudad de Brasilia como sustituta de la capital del país. En línea con sus ideas sociales y políticas, esta ciudad fue pensada como un perfecto lugar utópico, en donde las diferencias de clase no tendrían lugar y en donde el espacio pertenecería a todos. Concebida para medio millar de habitantes, las grandes y anchas avenidas daban acceso a espectaculares edificios, tanto privados como públicos, entre los que destaca la Catedral, cargada de un gran simbolismo.

Construída en el tiempo del mandato presidencial, Brasilia no presentó el resultado esperado, manifestando sus detractores que era una ciudad inhabitable, que sin embargo fue declarada en 1987 Patrimonio Histórico y Cultural por la UNESCO.

En los años 60, durante la dictadura militar de Brasil, sus encargos como arquitecto se reducen, sus proyectos se ven rechazados y, en general, su trabajo es vetado. También lo sería en Estados Unidos durante el auge de la Guerra Fría, decidiendo finalmente exiliarse en París, ciudad en la que pasaría dos décadas y que vió germinar las que serían sus mejores obras a juicio de muchos. De vuelta a su país, su obra se revalorizó, llegando incluso a ganar el Pritzker en 1988 y el Príncipe de Asturias de las Artes en 1989.

El pasado miércoles nos abandonó a los 104 años, dejándonos huérfanos de su talento y de su capacidad creativa. Mas, como todo genio, nos legó sus obras para deleitarnos con ellas, para aprender de ellas, para vivirlas y para admirarlas. Su alma seguirá viva en sus proyectos inconclusos y en las construcciones rematadas pero, sobre todo, seguirá viva en las obras de sus discípulos, grandes alumnos que, como el gran Niemeyer, hacen suya la idea de que la Arquitectura “es una cuestión de sueños y fantasías, de curvas generosas y de espacios amplios y abiertos”.

Ciudad Lineal de Madrid

Ciudad Lineal de Madrid

En 1868, en Madrid se derribaba la cerca de Felipe IV, viéndose necesaria una expansión urbana que abarcase más allá de estas márgenes. La insalubridad decimonónica, propiciada por un aumento de la densidad poblacional y el encarecimiento del suelo por la especulación, hacían necesario el planteamiento de un ensanche que dotase a la ciudad de unas posibilidades reales de expansión controlada.

Sin embargo, el Plan Castro, prolongado en el tiempo durante más de 60 años, se perfiló como un plan que acabaría siendo desvirtuado por los intereses especulativos, víctima del período en el que se insertaba, y que llegó a mermar sus cualidades habitacionales hasta límites que rozarían de nuevo la insalubridad. La ciudad crecía una vez más sin control municipal, y la burguesía se mostraba reticente a abandonar la vieja ciudad, destinándose así el extrarradio a la construcción de viviendas autoconstruídas, en un ambiente en cierto modo rural. De ahí surge la necesidad de conectar la periferia con el centro, idea que recogería Arturo Soria para proyectar su plan de ciudad. El precio del suelo, la escasez de viviendas obreras y la insalubridad, además de una industria creciente, serían el empuje para hacer florecer un nuevo modelo de ciudad, basada en los principios higienistas, la racionalidad arquitectónica y la economía. Tal modelo sería una “ciudad lineal” en donde una calle principal constituiría el eje en torno al cual unas vías paralelas y perpendiculares enlazarían las parcelas. La Compañía Madrileña de Urbanización se haría cargo del estudio de tipologías y métodos constructivos económicos para abaratar el coste de las viviendas.

Con estas premisas, en 1882 surgirá la idea de la Ciudad Lineal de Madrid. El único lugar donde se podía hallar suelo barato para construir era la periferia, puesto que conforme se alejaban del centro de la ciudad, el precio decrecía de manera inversamente proporcional. Para llevarlo a cabo sería también necesario un eficaz sistema de transporte que permitiese una ágil movilidad de personas y mercancías entre el centro y el extrarradio: un tren-tranvía daría respuesta a esta demanda, rodeando el perímetro de Madrid y urbanizándose en ambas márgenes. La industrialización, la colonización agrícola y la repoblación serían otros factores que, llegados a este punto, sería preciso tener en cuenta, olvidando la separación social que la especulación y el precio del suelo imponían, además del (aunque de un modo indirecto) Plan Castro. Desafortunadamente, en Madrid tan sólo fue posible desarrollarlo a lo largo de 5 Km, de manera tangencial a la ciudad existente, lo que facilitaría su absorción posterior al expandirse la ciudad.

El modelo propuesto era el de una ciudad alargada, cuyo crecimiento se produciría siguiendo el eje de la vía principal, corredor central que englobaría las infraestructuras y el campo (en oposición a la ciudad) a ambos lados. Extrapolando el patrón planteado, esta estructura serviría de unión entre ciudades, triangulándolas de tal modo que el espacio interior quedase dedicado a la explotación agrícola, y siendo posible, mediante este sistema, unir las ciudades de “Cádiz y San Petersburgo”, conectando todas las intermedias que ya existían en la época.

Weissenhof de Stuttgart

Weissenhof Stuttgart

Cuando se cumplen 126 años del nacimiento del gran Mies van der Rohe, y como no podía ser de otro modo, se ha de destacar su gran contribución al urbanismo del siglo XX, por medio de la Colonia Weissenhof.

Erigida desde cero en el año 1927 en una colina próxima a Stuttgart, fue concebida como una exposición de arquitectura moderna. Encargada por la Deutscher Werkbund dirigida por Mies –quien también elaboró el plan general-, promovió la construcción de una serie de viviendas, de la mano de los más grandes maestros de la arquitectura de la época (Behrens, Le Corbusier, Gropius, Hilberseimer, Oud, Bruno Taut y Hans Schauron entre otros), centradas en dos aspectos clave: una nueva forma de construir y una forma de vivir. Muchas de ellas constituyeron modelos de una nueva y floreciente arquitectura, caracterizada por su rapidez constructiva (gracias a los nuevos materiales o nuevos sistemas a base de prefabricados), producción en serie y abaratamiento de la vivienda terminada. Pero lo que caracterizaba al conjunto era la propuesta de una nueva forma de vida, en donde predominaba el sol, el aire, la luz, el espacio, la salud y la eficiencia.

Los edificios se configuraban de forma orgánica, alrededor del monte, accediendo por los límites del montículo mediante unas vías perimetrales que a la vez limitan la actuación. En sus zonas públicas, como los accesos o vestíbulos, se empleaban materiales nobles (mármol, granito o madera).

A principios de la década de los 30, los nazis afirmaron que la urbanización era una “vergüenza”, y la definieron como “suburbio de Jerusalén”, “cuartel bolchevique” y “ciudad de árabes”, en alusión a sus formas geométricas sencillas, el color blanco predominante y las cubiertas planas. Gravemente dañada durante la II Guerra Mundial, su núcleo se reconstruyó en los años 80, constituyendo uno de los mejores ejemplos del Movimiento Moderno.

Hipodamo de Mileto

Plano Hipodámico

Ya en el siglo V a.C., los más notables arquitectos pretendían dejar su impronta no sólo en los monumentos, sino en ciudades enteras. Un buen ejemplo es Hipodamo quien, después de reformar El Pireo, realizó la planimetría de Rodas y de Mileto.

Por aquel entonces, en la Grecia Clásica muchas ciudades crecían de forma desordenada conforme lo hacía la población. El surgimiento de nuevos núcleos urbanos como consecuencia de la colonización, propició la creación de un sistema de trazado con base geométrica, usado ya en el siglo VIII a.C. en Mégara Hiblea. Ya después, a lo largo del siglo V a.C., en el territorio griego se desarrollaron ciudades que seguirían la planificación y las teorías propuestas por Hipodamo, pese a que no fue hasta la llegada de los planificadores romanos cuando estas se hicieron más conocidas.

Considerado por muchos el primer teórico urbanista, la funcionalidad resultante de aplicar al territorio los principios pitagóricos se muestra en la sencillez de sus diseños, representaciones de una lógica y un ideal –o tal vez la búsqueda del mismo- que eran el más fiel reflejo de la época. Sin embargo, la importancia simbólica de este trazado se ve mermada al primar este aspecto, pues como afirma Norberg Schulz, “el espacio griego fue, más bien, un instrumento práctico para facilitar la planificación y la construcción de nuevas colonias, y como tal su función simbólica no superó la definición de un armazón ‘neutral’, común a todos los ciudadanos de una ‘ciudad estado’ democrática”.

+INFORMACIÓN:

Los conceptos asimilados por Hipodamo de Mileto para su ciudad ideal. Cervera Vera, Luis. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, número 64.

Alrededor de Hipodamo de Mileto. Comentarios sobre la trilogía de Luis Cervera Vera. Moya Blanco, Luis. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, número 67.

Arquitectura Occidental. Norberg Schulz, Christian. Barcelona, Gustavo Gili, 1999.