El Arte del Urbanismo

Un recorrido por la historia de las ciudades

Categoría: Opinión

Madrid 2020, la decisión más acertada

044 Juegos Olímpicos

Madrid era, hasta ayer, una de las ciudades con mayores posibilidades, según muchos, de albergar unos Juegos Olímpicos. Sin embargo, el resultado fue por cuarta vez desfavorable a la capital de España, contra todo pronóstico o, mejor expresado, contra toda esperanza.

Una vez conocido esto, ya sin vuelta atrás, no queda otra opción que aceptar la decisión del Comité Olímpico Internacional y continuar desarrollando la ciudad al margen del sueño gestado en los últimos años.

Con todo, al comparar el posible resultado con los de muchas ciudades que albergaron la sede de unos Juegos en años precedentes, cabe preguntarse si el resultado no será lo mejor que a un país como la España actual le podría pasar: tan sólo hay que retrotraerse a Barcelona’92, otra ciudad, otra época: otro período de aparente despegue económico y con grandes arquitectos y urbanistas locales peleando por su parte del pastel. La arquitectura de autor dotó de importantes referencias locales a la ciudad, y muchos nombres y talentos del arte se dieron a conocer gracias a la oportunidad que les brindó esta elección. A pesar de ello, la rápida planificación urbana, las rápidas construcciones y el interés por facilitar la vida a los foráneos frente a los barceloneses no obtuvo, visto en perspectiva, el resultado que cualquier español desearía obtener.

Pasada la vorágine del mes de las Olimpiadas, y de los previos con plazos y presupuestos que en la mayoría de los casos no hay modo de hacer cuadrar, la calma del día después trae estadios inutilizados, mantenimientos inexistentes por falta de presupuesto y dejadez de la Administración, y empleos temporales esfumados con el humo de la llama.

Así, analizado esto, y poniéndonos en perspectiva, cabe preguntarse si este resultado no será, una vez más, un toque de atención para que el dinero que se iba a invertir en ello se haga, como muchas plataformas ciudadanas están pidiendo, en sanidad, educación y políticas activas de empleo. Creo que, con esta situación, es lo que nuestro país más necesita.

 

Barcelona Island

Recientemente se ha conocido que la empresa estadounidense Mobilona, de tan solo un año de vida, ha propuesto para Cataluña un modelo de isla artificial dotada de edificaciones de lujo, donde se encontraría el hotel más alto del continente.

Su justificación para tamaña barbaridad es la ecosostenibilidad, palabra que últimamente parece ser el remedio a las increíbles aberraciones urbanísticas que a cualquier empresario venido a especulador inmobiliario se le ocurren… Aunque alguien con un mínimo de sentido común sabe que “sostenible” no puede ser desde el momento que para realizarlo se va a destruir el litoral, amenazando a las especies que allí habitan, y mucho menos “eco” si estamos hablando de algo puramente artificial.

Su baza es una vez más la creación de empleo, como ya lo fue en Eurovegas, en una situación en la que las grandes fortunas extranjeras venían a hacer una mayor a base de expoliar nuestro país, realidad que, al parecer, se va a volver a repetir,

No podemos jugar a ser dioses construyendo islas donde antes había mar, ni entrar en carreras absurdas de quién tiene el hotel más lujoso o el edificio más alto, cual si fuésemos adolescentes en plena revolución hormonal. El urbanismo debe estar al servicio de la sociedad: de toda, no de una pequeña parte. Y si, como dicen, van a “permitir” al común de los mortales disfrutar de sus playas y sus parques, algo que venimos haciendo desde que el mundo es mundo, creo que deberíamos devolverles desde ya mismo su regalo envenenado.

Desde luego, en España, así no queremos jugar.

Reivindiquemos el barrio

036 Reivindiquemos el barrio

Durante muchos años, la construcción fue la principal fuente de riqueza para muchos, símbolo de poder y de bienestar para otros y logro de unas condiciones de habitabilidad mínimas (y dignas) para los menos. Movía un país, agitaba su economía, demostraba poder, y las ciudades competían entre sí por ver quién tenía la mayor obra construida por el más conocido arquitecto, no siempre sinónimo de buen hacer profesional. Centros que no se precisaban, monumentales edificios sin funciones definidas aún en las últimas fases del proyecto, faraónicas obras en pequeñas ciudades que darían servicio a toda una nación.

La construcción, fuente de enriquecimiento para para muchos, ha terminado por hundirnos. No sólo en el plano económico, sino en el social. Ciudades que se colapsan de viviendas, torres cada vez más altas rodeadas de otras que compiten en tamaño, donde los vecinos se cruzan sin conocerse, sin relacionarse, sin interactuar. Lo que parecía que nos iba a salvar, lo que parecía un gran logro, ha terminado por ahogarnos.

Pocos barrios quedan ya que se puedan llamar así. Poca gente queda ya que pueda y quiera ir al mercado, comprar en comercios de su zona, pasear por sus casi inexistentes parques. Los mercados se desabastecen, los pequeños comercios cierran sus puertas, los parques cada vez tienen menos árboles. Los locales no abren por falta de clientes, y los clientes se quejan de la incomodidad de recorrer el barrio de tienda en tienda frente a la inmediatez de un centro comercial. El barrio se queda sin vida ciudadana, trasladada ahora a las grandes áreas comerciales donde lo mismo juega el niño encerrado en un local acristalado que el padre toma un café rodeado de cientos de clientes que lo golpean con sus bolsas al pasar. ¿Dónde quedan las conversaciones con el camarero, ahora absorto en cambios y devoluciones de decenas de gentes que vienen y van? ¿Dónde quedan los juegos de los niños, ahora sumergidos en piscinas llenas de bolas, que potenciaban su creatividad?

Cuando a finales de los años 60, en Barcelona, la familia Olabarría cedió dos hectáreas de terreno para construir un parque, obtuvieron a cambio el permiso para edificar muchas más alturas que las que aceptaba la normativa vigente. Sólo lo paró la lucha incesante de los vecinos, asociados en plena época franquista, quienes viendo el problema que eso les iba a suponer, pelearon hasta conseguir que se cediesen terrenos para construir el parque de Villa Amelia. Desde ahí, muchos más ejemplos se han sucedido: encadenamientos humanos para salvar árboles centenarios, manifestaciones para peatonalizar centros históricos, peticiones para conseguir zonas para el tráfico de vehículos no motorizados.

Sin embargo, ahora pensamos que el progreso humano va asociado a la centralización de servicios: nos ahorra tiempo, dicen sus defensores. Pero, ¿tiempo para qué? Tiempo que invertiremos con toda probabilidad en sentarnos ante el televisor para ver la vida de la primera esposa de un novísimo famoso o las últimas declaraciones de otro político corrupto más. Atrás han quedado las conversaciones en el ascensor con un vecino que pensaba de manera completamente opuesta a nosotros, pero que sin embargo nos abría los ojos, el tiempo charlando con la tendera mientras nos explicaba una excelente receta que ahora ya no usamos porque, para ahorrar tiempo, compramos comida precocinada, o las tardes de las madres charlando en el parque mientras sus hijos rompían las rodillas intentando aprender a montar en bicicleta sin ningún tipo de protección.

Todo eso, desafortunadamente para muchos, se ha ido perdiendo en la mayor parte de los lugares. Nadie piensa en tener servicios cerca, nadie piensa zonas verdes, antes bien, las rechazan porque es espacio que se pierde para aparcar.

¿A qué nos lleva esta huida hacia delante donde sólo esperamos que llegue el fin de semana para meternos de nuevo en nuestro vehículo, conduciendo y soportando atascos para llegar al centro comercial, donde sólo esperamos llegar a casa para sentarnos delante del televisor? Pocos quedan ya que piensen diferente a como lo hacen los contertulios de los programas vespertinos, y nadie sale ya a la calle porque nuestros nuevos amigos están al otro lado de la pantalla. Debemos reaprender a pensar por nosotros mismos, a discutir y reconciliarnos con gente de carne y hueso, a ayudar a quien viene a timbrar a nuestra puerta, y a luchar por lo que tenemos derecho. Sólo queda salvar el barrio, sus parques, sus comercios, sus centros, sus árboles, si nos importa nuestra gente. Sólo nos queda potenciar el barrio como lugar de encuentro si queremos recuperar nuestra vida social. En definitiva, sólo queda reivindicar la vida de barrio como segunda vivienda si al menos nos queremos salvar de nosotros mismos.

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Valdemaqueda y la señora Aguirre

Valdemaqueda

Esperanza Aguirre ha manifestado, después de asombrarse ante la “fealdad” del edificio que acoge la sede del Ayuntamiento de Valdemaqueda, que a los arquitectos “habría que matarlos”, para a continuación añadir que “habría que implantar de nuevo la pena de muerte, porque los crímenes de los arquitectos perduran más que su propia vida”.

Cuando personalidades públicas que nos representan emiten semejantes atrocidades, todo queda dicho. No sólo ha faltado al respeto al trabajo de unos grandes profesionales como son Ángela García de Paredes e Ignacio Pedrosa, erigidos a lo más alto de la arquitectura española por méritos propios. También lo ha hecho al jurado del concurso, al colectivo de Arquitectos y a la Cultura en general.

Al leer o escuchar declaraciones de este tipo, lo único que a muchos nos viene a la cabeza no es a dónde vamos, sino cuánto más vamos a retroceder. Cualquiera con un mínimo de sensibilidad artística no verá por ningún lado la monstruosidad arquitectónica que ella asegura que es este edificio, sino armonía, proporción y funcionalidad. Por no hablar de belleza, absoluta belleza. Cualquiera con un mínimo de conocimientos no se atrevería a criticar aquello que desconoce. Y cualquiera con un mínimo de educación no pronunciaría las palabras que ella pronunció. Aunque, por otra parte, si su ideal de belleza y de progreso urbanístico está en EuroVegas, poco queda ya por decir.

Un edificio no es sólo fachada, señora Aguirre. Es investigación, esfuerzo, inquietud y trabajo. Son muchas noches sin dormir intentando dar con la solución idónea para el lugar, con aquello que mejore la vida de los que lo van a utilizar. Son largas temporadas en obra junto con decenas de profesionales, peleando para hacer surgir de la nada una idea gestada durante meses, y levantarla cuando parece que ya todo está perdido. Tanto trabajo no merece que alguien que ha demostrado con sus declaraciones su calidad como persona lo desmerezca con sus exabruptos y sus groserías. Señora Aguirre, por el bien de la Cultura y del Arte, por favor, dimita.

Euro Vegas

EurovegasAl margen de las consideraciones políticas o económicas que en los últimos días están dividiendo a los ciudadanos de este país, las implicaciones urbanísticas de este futuro complejo del juego y del ocio no son algo insignificante que se pueda pasar por alto.

No cuesta trabajo imaginar a partir del nombre las intenciones no tan ocultas de sus promotores, de los políticos de turno y de otros tantos personajes que intervendrán en el proyecto. Aun desconociendo la futura situación, se intuye que el conjunto que se implantará en una de las dos mayores ciudades del país dará que hablar.

Las Vegas es una ciudad singular. No se podría calificar como hermosa, ni como apacible, ni mucho menos perfecta. Pero la carencia de estas virtudes la hace única, sublime, incluso deseable. Es la ciudad del juego, del vicio, del pecado, del placer. Una ciudad hedonista en sí misma. Extrapolar estos valores a ciudades como Madrid o Barcelona, ciudades con una historia y una tradición propias, resulta un tanto extraño. Ambas se han visto tan maltratadas en los últimos decenios que parece innecesario, incluso doloroso, que tengan que soportar otra afrenta más.

Afortunadamente, aunque solo por el momento, la empresa americana no se doblega ante las imposiciones del modelo urbano de Barcelona y, paradójicamente, tal dificultad para encajarlo en el terreno parece que esta vez es una ventaja para el urbanismo catalán, que con ello evitaría una intervención que a todas luces resultaría desafortunada.

No soy nadie para discutir acerca del impulso económico que esta futura área pueda dar a la maltrecha economía del país, ni soy nadie para poner en duda la posible creación de miles de puestos de trabajo. Pero su implantación en aras de un progreso parcial puede que deje una vez más malparado a nuestro entorno: un urbanismo desacertado, un paisaje mancillado, un territorio ultrajado. Por mi parte tan solo espero que, de llevarse a cabo, el sentido común guíe el lápiz de los arquitectos que participen en él.