Niemeyer, el humanista soñador

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Desde hace algo menos de una semana, el mundo de la Cultura está de luto. Oscar Niemeyer era, para muchos, el gran maestro de la Arquitectura Moderna. Para otros, un loco soñador que llenaba de curvas la nada. Pero lo que es innegable es que esta gran fuerza de la naturaleza a nadie dejaba indiferente. Sencillo y austero en su vida privada era, como todo gran Artista con mayúsculas, excesivo en su obra.

Gran lector de la literatura de Sartre, ella le reveló que la arquitectura debía tener un gran impacto social y ayudar con ello a construir una sociedad más justa. Esta idea enraizaba en su ideal político comunista y en su modelo de libertad, que lo llevaba al extremo de afirmar que la recta era sinónimo de subordinación, trabajando por ello con líneas curvas que serían por siempre su marca personal.

Urbanista como pocos ha habido, proyectó junto con su maestro Lucio Costa, por encargo de Kubitschek, presidente de Brasil, la ciudad de Brasilia como sustituta de la capital del país. En línea con sus ideas sociales y políticas, esta ciudad fue pensada como un perfecto lugar utópico, en donde las diferencias de clase no tendrían lugar y en donde el espacio pertenecería a todos. Concebida para medio millar de habitantes, las grandes y anchas avenidas daban acceso a espectaculares edificios, tanto privados como públicos, entre los que destaca la Catedral, cargada de un gran simbolismo.

Construída en el tiempo del mandato presidencial, Brasilia no presentó el resultado esperado, manifestando sus detractores que era una ciudad inhabitable, que sin embargo fue declarada en 1987 Patrimonio Histórico y Cultural por la UNESCO.

En los años 60, durante la dictadura militar de Brasil, sus encargos como arquitecto se reducen, sus proyectos se ven rechazados y, en general, su trabajo es vetado. También lo sería en Estados Unidos durante el auge de la Guerra Fría, decidiendo finalmente exiliarse en París, ciudad en la que pasaría dos décadas y que vió germinar las que serían sus mejores obras a juicio de muchos. De vuelta a su país, su obra se revalorizó, llegando incluso a ganar el Pritzker en 1988 y el Príncipe de Asturias de las Artes en 1989.

El pasado miércoles nos abandonó a los 104 años, dejándonos huérfanos de su talento y de su capacidad creativa. Mas, como todo genio, nos legó sus obras para deleitarnos con ellas, para aprender de ellas, para vivirlas y para admirarlas. Su alma seguirá viva en sus proyectos inconclusos y en las construcciones rematadas pero, sobre todo, seguirá viva en las obras de sus discípulos, grandes alumnos que, como el gran Niemeyer, hacen suya la idea de que la Arquitectura “es una cuestión de sueños y fantasías, de curvas generosas y de espacios amplios y abiertos”.

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